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Chiquitos, el dulce encanto del barroco

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Cuentan que el conquistador español Ñuflo de Chávez salió de Asunción del Paraguay en busca de Eldorado pero comprobó que esa ciudad de plata —junto al Cerro Rico, en Potosí— ya tenía dueños, otros españoles que se le adelantaron desde Lima. Ñuflo de Chávez fundóSanta Cruz de la Sierra, Bolivia, en 1561 y tenía una divisa: «poblar y desencantar la tierra».

Por Eduardo Pegoriles

A pesar de eso, abundaban los mitos. Asombrados porque las entradas de las chozas indias eran tan bajitas, los conquistadores decidieron que esta región del oriente boliviano se llamaría «provincia de Chiquitos».

Es cierto que para entrar a sus chozas los indios tenían que gatear, esa era su protección contra las flechas, los animales salvajes y los mosquitos. Pero no había protección contra los traficantes de esclavos —portugueses o españoles— que los atrapaban para venderlos en las minas de Potosí o en los cafetales de Sao Paulo. Se dice que las misiones jesuíticas de la provincia de Chiquitos nacieron para terminar con ese tráfico, por decisión del gobernador de Santa Cruz de la Sierra, Agustín de Arce. Eso fue en 1691, y así llegó a estas tierras —serranías con selvas orientadas hacia el Matto Grosso brasileño— un arquitecto, músico y sacerdote jesuita, Martin Schmid (1694-1772), el hombre que en el siglo XVIII construyó las espléndidas iglesias de madera tallada que hoy visitan los viajeros. Le dicen al viajero que esos turistas no son muchos, unos 25.000 al año, atraídos por el folclore, la arquitectura y las tradiciones. Pero en diez años, sueñan aquí, podrían ser un millón de turistas.

La Ruta Misionera

Las iglesias jesuíticas impulsaron pueblos a su alrededor, en lo que hoy se conoce como la «ruta misionera» de la Chiquitanía boliviana. Pueblos que son historia viva: San Javier, Concepción, San Ignacio de Velasco, San Miguel, San Rafael, Santa Ana, San José de Chiquitos. Casi todas estas iglesias han sido restauradas desde 1970 por el suizo Hans Roth, otro arquitecto jesuita. Se empiezan a ver cuando uno se aleja de Santa Cruz de la Sierra por el camino a San Javier, 221 km al noroeste, cruzando el río Grande. Desde 1991 y por decisión de la UNESCO, algunas de estas iglesias son parte del Patrimonio cultural de la Humanidad.



En 1996 nació el Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca Americana Misiones de Chiquitos, único en Sudamérica por sus características. Se hace cada dos años en las iglesias de la Chiquitanía: son 11 días de conciertos con orquestas latinoamericanas y europeas.

La sal y los violines

Hoy los viajeros llegan también para las fiestas de los santos patronos de cada pueblo, las celebraciones de Semana Santa y de Corpus Christi. Además está la música de las orquestas y coros locales, las reuniones rituales de los «cabildos» indios, la teatralidad de las procesiones. Las tradiciones vuelven en la danza de los Yarituses, relato del pasado nómada de los indios y de la bendición de las cosechas. Vuelven en el baile de los Abuelos o en las danzas del Bejuco, Sarao, Tamborita o Lanceros. La música encontró un hogar en la Chiquitanía, aun después de las sucesivas «fiebres» de riqueza típicas del siglo XIX —hubo buscadores de oro y de caucho— cuando estos pueblos sobrevivían con la cría de vacas y la venta de sal, cera y tejidos de algodón.


Un famoso viajero francés que pasó por la Chiquitanía en 1831, Alcides D’Orbigny, anotó que en San Javier «se cantó una gran misa con música italiana y tuve la verdadera sorpresa de encontrar entre los indios esta música preferible a la que había escuchado aún en las ciudades más ricas de Bolivia. El director del coro conducía el canto, el de la orquesta ejecutaba fragmentos con admirable armonía. Cada cantor, cada coralista, desempeñaba su parte con gusto, acompañado por el órgano y numerosos violines fabricados por los indígenas. Escuchaba esa música con placer».


La puerta de entrada


Ahora la ruta de entrada hacia las Misiones de Chiquitos arranca con el cruce del largo puente ferrovial sobre el río Grande, donde manda la paciencia: los cohces se turnan en el paso con los camiones, pero también con los trenes de carga y pasajeros que vienen desde Puerto Suárez, 640 km hacia el oeste, en la frontera con Brasil. ¿Será un símbolo? La puerta hacia la Chiquitanía es estrecha y cuida un auténtico tesoro cultural.



Seguir la ruta misionera es una aventura que algunos emprenden en todoterrenos. El asfalto que sale de Santa Cruz de la Sierra pasa por San Javier —el pueblo jesuítico más antiguo— para terminar en Concepción, 60 km más adelante. A partir de allí las rutas son de tierra colorada y ripio, el viajero que recorre los 175 km entre Concepción y San Ignacio de Velasco entra verdaderamente en la selva. Los tesoros más secretos de la Chiquitanía se revelan cuando se hace un círculo de 180 km desde San Ignacio para visitar San Miguel, Santa Ana y San Rafael. Todavía más lejos, un camino de 150 km hacia el sur va desde San Rafael hasta San José de Chiquitos—corazón histórico del oriente boliviano— con la única iglesia jesuítica hecha en piedra. Desde allí quedan aún 270 km para volver a Santa Cruz de la Sierra, aunque los más aventureros —en plan safari fotográfico— eligen ir más hacia el oeste, al Pantanal.

La ruta hacia las iglesias jesuíticas está marcada por las serranías que suben y bajan en un paisaje tropical, donde abundan las palmeras y los árboles de madera dura, pero también los mosquitos. El calor húmedo, las lluvias y el sol no perdonan. También es cierto que en la Chiquitanía uno puede cargarse de recuerdos. Están esas tallas en madera —ángeles, sirenas, máscaras indias— que le dieron fama al pueblo de San Miguel; están los violines típicos del pueblo de Concepción; las hamacas guarayas tejidas o los vestidos «tipoy», decorados a mano, que se ven en San Ignacio o San José de Chiquitos.

Mezcla de culturas

Es así como cada iglesia parece seguir un modelo que se repite pero cambia con toques personales en cada pueblo. Cada iglesia tiene la sencillez de un templo griego, pero las columnas talladas hacen pensar en la España mudéjar, mientras ciertos detalles barrocos —en San Javier, Concepción o San Rafael— evocan al rococó de Alemania.

En estas grandes estructuras de madera pueden acomodarse tres mil personas aprovechando el espacio de la nave central, además de las dos naves laterales interiores y las dos exteriores. Los pilares son de madera dura, urunday o tajibo. Las tablas de los laterales son de cedro o laurel, decorados a veces con mica. La luz hace brillar la mica como si fuera plata, ése es el recuerdo de Santa Ana y de San Rafael. En todas partes, las gruesas paredes son de adobe y el techo es de tejas, a dos aguas.



Al viajero le explican que aquí se está lejos del barroco casi angustioso de las iglesias de Lima o México. Aquí el barroco sonríe en la cerámica cocida, en la mica y los panes de oro, en las caras de los ángeles, los candeleros y querubines. De cada una de estas iglesias y de los pueblos que las rodean, el viajero guardará un recuerdo. Por caso, entrar de noche en la iglesia de Santa Ana —la única terminada por los indios luego de la expulsión de los jesuitas— para oír un concierto de música barroca en un órgano conservado desde 1755. Otros se fascinarán con la platería y las imágenes talladas del museo y también en la iglesia de Concepción. Otros comprobarán que en todas partes los ángeles y santos tienen rasgos indios, que en las tallas no hay leones sino jaguares. Y siempre anda por aquí la música, barroca como la realidad que rodea estas iglesias. Un mito chiquitano dice que, para atravesar el río del olvido y reunirse con los antepasados, hay que ser capaz de tocar buena música sobre el lomo de un yacaré, porque sólo los yacarés y un violín desafían el olvido.

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