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Espeleobuceo en el Túnel de la Atlántida

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Un equipo de “ Al Filo de lo Imposible” se adentró en este fascinante espacio natural situado en las Islas Canarias con un objetivo: llegar a donde ningún otro ser humano había llegado nunca.

Texto: Carmen Portilla/ Pepe Medina  Fotos: Grupo Espeleobuceo STD

Todo empezó de la manera más tonta, con la invitación de un amigo a tomar unas cañas junto a unos compañeros suyos del club de montaña. En este grupo estaba Sebastián Álvaro que no para de planificar expediciones a ochomiles, filmaciones de escalada y cosas así. En medio de la conversación surge la pregunta:”Y  tú Carmen, ¿también haces monte?” Una mirada con ojos de marciano demuestra que lo de bucear en cuevas inundadas le resulta cuando menos poco habitual.

Sebas confiesa que él está algo peleado con el agua pero que le interesa mucho saber algo más de “eso” del espeleobuceo.”Nos metemos en cuevas inundadas para explorarlas utilizando equipos de inmersión, marcamos el recorrido con un cordel y topografiamos las galerías…” Precisamente en estos momentos estamos preparando una expedición al Túnel de la Atlántida, un túnel lávico en Lanzarote que nace del volcán de La Corona y discurre en gran parte por debajo del lecho marino.

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Un nuevo proyecto de “Al Filo”

A Sebas la historia le resulta muy atractiva y totalmente alejada de lo que habitualmente trabaja, que es la alta montaña. Sugiere la posibilidad de presentarle un proyecto con la idea de incorporarlo como uno de los capítulos de Al Filo de lo Imposible, que por aquél entonces estaba iniciando sus andanzas. Dicho y Hecho. La próxima expedición al Túnel de la Atlántida se convierte en una expedición de Al Filo y la tercera a  ese lugar para el grupo STD. El objetivo será filmar el intento de avanzar la punta explorada más allá de donde la habían dejado en la última expedición realizada en el año anterior por un grupo de alemanes y americanos, cuya cota estaba en 1.378 metros a 50 de profundidad.

Un Tubo Lávico

EL volcán de La Corona, situado en el extremo nordeste de la isla de Lanzarote, fue el creador de uno de los tubos lávicos más excepcionales del mundo en muchos aspectos. Los tubos lávicos se forman como consecuencia de una erupción masiva de lava. Al reducir el flujo, esta colada se solidifica primero en su contacto con el aire, quedando una costra inmóvil bajo la que continua el discurrir de la lava líquida. Si la emanación de lava se detiene cuando estos torrentes aún están líquidos, pueden formarse cavidades que discurren bajo esa costra superficial, desde la zona de emanación del volcán, hasta la zona de desagüe. Estos tubos son afectados por la erosión externa, que provoca el hundimiento en algunos de sus tramos, bloqueando su continuidad o dando acceso a los mismos desde el exterior.

El volcán de La Corona originó un tubo que se prolonga desde algún lugar indeterminado de sus laderas y se sumerge en las aguas del Atlántico hasta una distancia de la costa superior al kilómetro. Entre ambos puntos existen zonas accesibles desde el exterior: Los Jameos de los Lagos, la cueva de los Verdes, los famosos Jameos del agua y, finalmente, el Túnel de la Atlántida. Este espacio natural no sólo es fascinante por su propia belleza y su convulso origen, sino también por la vida animal que acoge en su seno.

En una expedición anterior, organizada por nuestro grupo de espeleobuceo STD, el antiguo ICONA y el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, realizamos un muestreo biológico en todo el recorrido conocido hasta ese momento del túnel.

El éxito fue impresionante. Obtuvimos un número de nuevas especies superior a las ya catalogadas como endémicas de Canarias. Y entre ellas un auténtico descubrimiento para la ciencia. Pudimos poner a disposición de los investigadores ejemplares de una nueva especie de crustáceo que hasta ese momento sólo se conocía en una cueva volcánica de las islas Bahamas. Este animalillo con forma de ciempiés recibió el nombre de Speleonectes Ondinae.

La tercera vez que volvemos al Túnel de a Atlántida nuestro objetivo ya no es el simpático Speleonectes. Queremos llegar mucho más allá de lo que lo ha hecho ningún ser humano en esta cueva. Queremos explorar. En resumen: nos dirigimos hacia lo desconocido. Tenemos todo preparado para el gran día, incluida la “burbuja” de descompresión en la boca de la galería que hemos instalado a seis metros de profundidad. Gracias a ella podremos descomprimir “en seco” las últimas dos horas, con lo que evitaremos el riesgo de hipotermia y nos dará seguridad para respirar oxígeno puro. Con lo que ha costado diseñarla y montarla – nos llevó tres cuartas partes de la expedición- ya puede sernos útil.

Una mano inocente decidió en sorteo que los afortunados submarinistas que iban a formar el equipo de punta serían Luís Ortega y Carmen Portilla, con Luís Lapido como buzo reserva. El resto del equipo estaba formado por José Luís Solís y José Bedoya, encargados del muestreo; Fidel Molinero, Francisco Seguro, el propio Luís Lapido y José Luís García harían de buzos de apoyo en profundidad, mientras Pepe Medina se encargaba de la coordinación y de los fundamentales cálculos de descompresión.

La hora adecuada para iniciar la actividad era las 12 del mediodía, la mejor según la tabla de mareas del día. Éstas eran bastante fuertes y había que afinar para no ir contracorriente. Dentro del túnel las mareas se correspondían con las del mar pero con dos horas de retraso.

Llegamos a la poza y…. como si de un plató cinematográfico se tratase, los equipos estaban montados y la rampa iluminada para la ocasión. Por las piedras de la orilla se arracimaban cascos, linternas, torpedos submarinos, carretes y botellas de aire, muchas botellas. Probamos en repetidas ocasiones los elementos más importantes y frágiles: reguladores, linternas, aire en las botellas, además del torpedo con el que nos propulsaríamos y  el cordel de instalación.

Los dos buceadores nos metemos en el agua para colocarnos las cuatribotellas. Sus más de cien kilogramos de peso las hacen inmanejables de otra manera. De cada botella cuelgan una boya de pesca de profundidad con un cordel holgado, un sistema bastante casero pero útil a la hora de equilibrarnos un poco mejor mientras buceamos, y que seguro iban a ser más útiles que los chalecos de collarín que usábamos entonces. Estas boyas serían abandonadas a medida que las botellas fueran gastándose y perdiendo peso. Con todo el equipo colocado y en perfectas condiciones, un bulldozer sería ligero a nuestro lado.

Sobre los Torpedos

Reptando llegamos a dónde tenemos situados los torpedos, hacemos las últimas comprobaciones y nos montamos en ellos. Los primeros metros nos acompañan Paco y Fidel, para cerciorarse que todo va bien. Nos hacemos una seña y enfilamos hacia la oscuridad. Dejamos atrás la “burbuja” y el tren de botellas con oxígeno que utilizaremos al regreso en la descompresión; damos una última palmadita a las primeras botellas de emergencia y enfilamos al primer punto conflictivo.

La estrechez en este lugar nos obliga a descabalgar de los torpedos y, con cuidado, colarnos entre los bloques. Este es el único paso que no puede atravesarse montado en el torpedo. Los dos que llevamos son muy diferentes y, francamente, desequilibrados. Si hacemos un símil automovilístico el Aquazzep sería como un BMW y el Farallón como un Seat 850. Pero el presupuesto no daba para más. En cualquier caso, los cálculos de aire necesario para toda la travesía se hicieron para el peor de los casos: tener que volver a aleta por problemas en los torpedos.

Una vez superado el paso estrecho, cogemos un ritmo lento pero seguro y así avanzamos por la galería, observando su belleza. Hay zonas de techos en los que parece que todavía gotea la lava. El recorrido hasta la denominada Montaña de Arena pasa rápido. Vamos concentrados comprobando la situación de las botellas de emergencia, que cada 200 metros nos han dejado nuestros compañeros en una inmersión anterior. Hemos dejado varias de éstas hasta la cota longitudinal de 800 metros. A partir de este punto cualquier eventualidad debemos solventarla con las que llevamos encima.

Nuestro siguiente objetivo es el punto donde llegó la anterior expedición germano- americana del año anterior. Entonces situaron la exploración en 1.387 metros de recorrido y 50 de profundidad. Esta expedición estuvo liderada por Sherck Exley, un afamado espeleobuceador y matemático que llegó a Lanzarote con el objetivo de continuar la exploración y realizar un muestreo biológico. Resulta difícil no encoger un poquito más el estómago, pues sabíamos que durante la expedición de los americanos hubo problemas serios y un buceador tuvo que ser tratado en la cámara hiperbárica.

Avanzábamos concentrados, atentos a cualquier síntoma de narcosis. En caso de detectarlo, tendríamos que darnos a vuelta con el problema añadido de que en una cueva no es tan fácil perder profundidad. Mucho menos en ésta en la que las distancias son tan largas y las variaciones de profundidad se acusan poco a poco. Avanzábamos lo más pegado posible a la zona del techo, para ir arañando centímetros a la profundidad.

Llegamos al testigo de los americanos y sin pensarlo mucho lo cortamos y lo guardamos, como si del Santo Grial se tratase. En esta actividad lo habitual no es sacar el testigo de la anterior expedición, pero sin que sirviera de precedente decidimos hacerlo con la intención de volver a dejarlo en su sitio en una inmersión posterior- lo cual efectivamente hicimos-. Lo queríamos como prueba fehaciente de nuestro paso por allí, en parte porque entre la gente de la isla había dudas de nuestra capacidad para superas la cota de los “súper-americanos”. Así, enganchamos nuestro cordel y comenzamos la exploración de aquel mundo que ningún ojo humano había contemplado antes.

A 60 metros de profundidad

La continuación de la cavidad mantenía la tónica de los anteriores metros: un túnel de grandes dimensiones con una repisa lateral- como la marca de un nivel de lava- y algunos bloques por el suelo. Los techos en algunos puntos se hacían más bajos. Nos topamos con una galería muy azul, preciosa, no sabemos si debido al efecto de una gran masa de agua o a indicios de una narcosis incipiente en nuestro cerebro.

En este punto nuestra cota de profundidad era de 60 metros y seguía bajando de forma sostenida. Queríamos encontrar una salida al mar. Siempre creímos que en algún punto la salida al océano se produciría. De hecho, realizamos algunas inmersiones desde la costa siguiendo la línea del túnel y la topografía que trazamos por si desde el exterior se veía alguna boca de entrada. Pero no la hallamos. Y ahora el túnel continuaba sin dar señales de cambio.

Por lo que nos contaron después nuestros compañeros, en el exterior el silencio y la expectación se podía palpar. El equipo de rodaje, con las cámaras y luces preparadas, no se atrevía a preguntar mucho para no cargar más el ambiente. Dos buceadores de apoyo en el agua esperaban para ir a nuestro encuentro y traer a la superficie los resultados de la inmersión- tiempos y profundidades- que permitiesen a Pepe Medina hacer los cálculos con el ordenador y así, con los datos reales de la inmersión, conocer la descompresión ajustada a esta inmersión. Estos buzos volverían a sumergirse y nos llevarían las tablas hasta la cota de descompresión, a – 21 metros.

Otros dos buzos de apoyo bajaron hasta  los 30 metros a la hora establecida para comprobar que todo iba correctamente. Debíamos regresar a este punto a los 90 minutos de iniciada la inmersión. Pero este tiempo pasó y no aparecimos. Nuestros compañeros estaban preocupados y nerviosos. Tanto esperaron que también ellos entraron en descompresión.

Desde que engarzamos nuestro cordel al extremo del dejado por los americanos tuvimos la sensación de que el tiempo se había detenido. Todas las capacidades de la mente se centraron en buscar el camino adecuado, los mejores puntos para anclaje y en disfrutar de un paisaje hasta ese momento totalmente desconocido. Hicimos una tirada muy larga y vimos un espolón que salía de la arista que seguíamos, un lugar perfecto para anclar el cordel guía. Al levantar el dedo del gatillo de aceleración de mi torpedo noté que algo se caía: se había salido el pivote y mi “vehículo” dejó de funcionar. Durante el camino notaba que hacía un movimiento raro, como si tuviese un muelle flojo, pero hice varias pruebas y funcionaba bien, por lo que pensé que era normal. Luís ya había alcanzado el espolón y me miraba con cara de “date prisa Carmen, que es para hoy”, así que, dando aletas y sin bajarme del torpedo, llegué al punto de anclaje. Intenté explicarle con señas a Luís que había que regresar porque mi torpedo no funcionada, pero no conseguía hacerme entender. Anclamos, corté nuestro hilo, y cruzando las dos manos le dejé claro a Luís lo que pasaba: finito, se acabo, Y le señalé la salida.

Nos damos la vuelta

Desconcertado, Luís comprobó que yo estaba bien, remató el anclaje e inició el regreso. En su cara pude ver la pena por abandonar la exploración en este punto, con aire y aún dentro de los límites de seguridad. No era el mejor lugar para entablar una charla, así que decidí que las explicaciones técnicas, mejor en el exterior. Habíamos llegado a 1.570 metros y la profundidad era de 63 metros. Nuevo récord.

Iniciamos el regreso y, sin pensar demasiado, desmonté de mi traidor 850 subacuático y comencé a retroceder dando aletas y remolcando el vehículo, en una reacción típica de educación de posguerra: ¡con lo que había costado  cómo íbamos a dejarlo allí! Luís me miraba de reojo, no muy seguro de mi estado mental. En la cota de 800 metros ya había botellas de seguridad y además era seguro que se podría recuperar el torpedo, por lo que abandonamos y nos subimos al BMW que debía demostrar que podía con los dos y ocho botellas de 15 litros.

Hicimos el camino de regreso a toda máquina, yo de paseo a la grupa del caballo. Este tramo fue un poco angustioso, pues pensábamos en lo preocupados que estarían nuestros compañeros  dado nuestro retraso, una media hora sobre el horario previsto.

A una profundidad de 30 metros encontramos a nuestros compañeros. Mientras Luís les enseñaba el testigo de los americanos yo apunté en una tablilla los datos necesarios para que Pepe nos hiciera la tabla de descompresión. Salieron “escopetados”, pero a -9 metros tuvieron que parar, pues ellos también habían entrado en descompresión por tanta espera y no podían salir al exterior. Dieron los datos a los otros dos buzos de apoyo y esperaron los resultados. En el exterior todo el mundo festejaba el éxito, pero todavía debieron pasar seis horas hasta que pudimos salir.

Las últimas dos de parada las hicimos en nuestra “burbuja”. Años después nos enteramos, a través de una publicación norteamericana, que fuimos pioneros en el uso de un habitáculo de este tipo en el campo del espeleobuceo, no sólo en España, sino en el todo el mundo. Allí, esperamos sentados en unas sillas de playa y jugando de vez en cuando a las damas mientras respirábamos oxígeno puro. Lo bueno es que ya podíamos hidratarnos, hablar, comentar las mejores jugadas y bromear con nuestros compañeros. La salida al exterior fue apoteósica: el champán corría entre el casco y el neopreno. Y aunque está contraindicado beber alcohol, algún sorbito nos dimos.

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