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HACIA EL GRAN MAR DE ARENA. Tras los pasos de Almásy

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Nos adentramos en el desierto  con el fin de seguir los pasos del aventurero húngaro Ladislaus Almásy. Ante ellos se extiende una impresionante masa de arena dominada por un sol abrasador y por un interminable océano de dunas capaces de hacer desaparecer ejércitos enteros.

Por J.M. Varas

Alguien dejó escrito hace tiempo: «Amo el desierto. Amo la infinita extensión de los temblorosos espejismos, el viento, los picos escarpados, las cadenas de dunas como rígidas olas de mar. Y amo la simple, la ruda vida de un campamento primitivo en el frío gélido, a la luz de las estrellas en la noche, y en las calurosas tormentas de arena». Quien esto escribió era conocido por los beduinos como «el Padre de las Arenas» y pertenece a la gloriosa estirpe de los últimos aventureros románticos.

Su nombre era Ladislaus E.Almásy, conocido como el Conde Almásy, y dedicó buena parte de su vida a conocer y comprender el desierto, uno de los paisajes más subyugantes a la par que atemorizadores de la Tierra.

Comienza la aventura

Cuando, tras abandonar El Cairo, por fin nos adentramos con nuestro todoterreno en la conocida como «ruta de los exploradores», comenzamos a entender de verdad esa fascinación por el desierto experimentada por el explorador húngaro.

Este camino lleva tal nombre porque fue utilizado primero por los británicos y luego por el propio Almásy y su amigo y mecenas el príncipe Kemar-el-Din Hussein, quien renunció al trono de Egipto para dedicarse a la exploración a principios del siglo XX.

Ambos fueron de los primeros en explorar la meseta de Gilf el Kebir, una región del Sahara que se extiende allí donde Egipto limita con Libia y Sudán y que hemos elegido para nuestra aventura. Un poco más al norte, en sentido noroeste sudeste, se extiende el Gran Mar de Arena un impresionante océano de dunas que llega desde el Mediterráneo hasta el borde norte de esta meseta desértica en los confines de Egipto.

El Gran Mar de Arena

Después de tres años de sesudas meditaciones, decepciones sin cuento y alguna alegría, nos decidimos a acometer este viaje para valorar sobre el terreno la posibilidad de afrontar una travesía a pie del Gran Mar de Arena, un inmenso espacio de arena que para los egipcios era un reino de ultratumba.

Los griegos lo creyeron devastado por la gorgona Medusa y Herodoto lo describió certeramente: «No es más que arena, aridez terrible, desierto absoluto». Fue bautizado como el Gran Mar de Arena por el explorador alemán Gerhard Rohlfs, el primer europeo en pisarlo en 1874.

Desde entonces nadie se ha atrevido a repetir la gran aventura. Unos pocos se han aventurado con vehículos mecánicos en los bordes del océano de dunas, pero nadie ha intentado seguir a pie y con camellos los casi mil kilómetros reales que unen dos de los oasis más importantes al oeste del Nilo.

Los mares de arena, o ergs, que cubren centenares de kilómetros cuadrados del Sahara, han cautivado la imaginación de los exploradores del desierto. Son espacios sin vida pero, sorprendentemente, se mueven y se reproducen. Los que se aventuran en este mundo inhumano tendrán que aceptar sus caprichos. Sus tormentas de arena han enterrado ejércitos enteros -como dio cuenta Herodoto-, las zonas blandas y las caras deslizantes de las dunas pueden atrapar a los incautos o romper ejes de vehículos. Aquí se puede uno perder o morir de sed y agotamiento bajo el abrasador sol inclemente.

No existe ni la menor traza de camino por donde pasamos, camino de Gilf el Kebir, sólo los restos de vehículos abandonados, calcinados por el sol y erosionados por la arena, nos confirman que no estamos del todo perdidos en mitad del Sahara. Más que caminar, navegamos por un espacio sin límites. No encontramos ni una brizna de hierba, ni un insecto, ni rastro de agua, ¡sólo la magia del desierto egipcio! A lo largo de todo nuestro viaje serán frecuentes estos tropiezos con restos de vehículos, que se han convertido en jalones y testimonios de aventuras y exploraciones y también de la Segunda Guerra Mundial.

El viaje de Almásy

En 1929, y con dos Steyr, recorrió 12.000 kilómetros que le transformaron de raíz. Se enamoró del Sahara mientras escuchaba a los beduinos contar viejas leyendas como la del oasis perdido de Zarzura. Le contaron que este lugar estaba en el corazón del desierto, custodiado por un pájaro blanco, y que sólo los más valientes podrían acceder a ese lugar repleto de oro, donde una reina yacía dormida esperando a ser despertada por un beso.

El beso arisco de la arena en el viento despertó en Almásy la pasión por el desierto. Escribiría: «El desierto es horrible e ingrato, pero cualquiera que aspire a comprenderlo, debe regresar a él». Almásy lo haría una y otra vez, hasta que, en 1947, murió preparando una expedición que quería desentrañar una de las grandes incógnitas que yacían enterradas en la arena del Sahara, el destino del ejército del rey persa Cambises. En el 525 a. C., Cambises II, hijo de Ciro El Grande, se propuso conquistar el imperio faraónico al frente de un poderoso ejército. Pero el desierto se los tragó. A todos. 50.000 hombres del ejército persa sucumbieron bajo una brutal tormenta en algún lugar de las inmensidades del Gran Mar de Arena.

Aquel fenómeno meteorológico fue interpretado por los antiguos egipcios como un favor que su dios Amón les hacía. En nuestro viaje, al pasar cerca de Dajla, los lugareños nos cuentan que sigue habiendo expediciones tras los rastros de aquellos infortunados enterrados…

Cada amanecer nos aporta un motivo más para compartir la atracción que sintieron tan importantes aventureros. Al contrario de lo que se pudiera pensar, nada en el desierto es monótono. No es sencillo entrar en la esencia de un paisaje como éste. Te exige tiempo, pasión, voluntad de comprender. Pero a cambio, el desierto se acaba ofreciendo al visitante como un lugar de mil rostros luminosos y todos ellos atrayentes. Un lugar único.

Se trata de un paisaje que parece pertenecer a una Tierra posterior al ser humano. Un espacio remoto, inhóspito, de una belleza terrible, que las caravanas que cruzaban el Sahara trataban de evitar por todos los medios. Tal es así que hasta 1976, y gracias a la ayuda de los satélites, no se pudo completar su cartografía y aún hoy nuestros mapas siguen señalando: «zona en blanco, incompleta o por determinar».

Pero no sólo son naturales los tesoros que se esconden en este paisaje. Atravesamos la meseta de Gilf-el-Kebir («El gran acantilado»), a unos 650 metros sobre el nivel del mar y con una extensión similar a la de Suiza, bajo un calor sofocante a pesar de que nos encontramos en marzo (durante la noche la temperatura baja hasta los 8ºC).

Ni una gota de agua

Debe ser unos de los lugares más áridos del planeta. Ofrece una media anual de precipitaciones de apenas un milímetro por metro cuadrado y pueden pasar decenas de años sin que caiga una sola gota de agua. Otra prueba de esta extrema sequedad la encontramos unos días después durante la ascensión a la tercera de las montañas, que conforma la cadena conocida como «Las ocho campanas». Hallamos los restos perfectamente conservados y momificados de un ave de gran tamaño, quizá una garza o una cigüeña, que después de una larga migración aquí vino a dar cuenta de sus últimos instantes.

Tras superar la meseta, y deambular por collados de difícil acceso, encontramos la

Cueva de los Nadadores. Esta joya del arte rupestre fue descubierta por Almásy durante una de sus exploraciones en busca del oasis perdido de Zerzura y se hicieron mundialmente famosas hace unos años gracias a la película «El paciente inglés”, inspirada libremente en la vida del aventurero húngaro.

Tras consultar estudios científicos, mapas, documentos históricos y escuchar a los beduinos, Almásy concluyó que el mítico Zerzura debía estar en alguna parte de la, por entonces inexplorada (principios de la década de 1930), región de Gilf-el-Kebir. Los miembros de la expedición liderada por Almásy lograron cartografiar las zonas este y sur de esta región y descubrieron el Paso de Aqaba, que corta en dos la meseta. Un logro que acabó por convencer a los italianos, dueños de ese territorio, de que eran en realidad espías trabajando para los intereses de Gran Bretaña.

El descubrimiento de un ‘tesoro’

En abril de 1933, llegaron al oasis de Kufra para luego descubrir Wadi Talh, el tercer valle de Zerzura. La leyenda se hacía realidad y Almásy podía por fin dibujar Zarzura en el mapa. Pero sus hallazgos no terminaron. Al sur de la meseta, todavía en Egipto, en las lindes con Libia y Sudán, Almásy y su equipo encontraron una cueva cuyas paredes estaban repletas de pinturas de todo tipo de animales. Pero lo sensacional de su descubrimiento fueron las figuras de hombres nadando. En medio del desierto del Sahara, a pocos kilómetros del Mar de Arena, hace miles de años hubo agua. Estas pinturas, de entre 5.000 y 15.000 años de antigüedad, se convirtieron en una sensación científica y en el más importante de los descubrimientos de Almásy, de quien su sobrina ha dicho que traía con él «…el calor, la luz, la emoción del desierto», y que ahora teníamos ante nosotros. Sin embargo, nuestro guía Wael Abed nos tenía preparada una sorpresa. Nos condujo hasta otra cueva, descubierta hace tan sólo un par de años. Dieron con ella el coronel egipcio Ahmed-al-Mestekawi, el explorador italiano Massimo Foggini y su hijo Jacopo, el 12 de mayo de 2002.Teníamos ante nuestros ojos una excepcional muestra del arte rupestre tanto por la cantidad como por la calidad de las representaciones. Se entremezclan negativos de manos (muy similares a las que se han hallado en cuevas de la Patagonia, por ejemplo) con escenas de caza, danzas, juegos, sacrificios y nadadores.

Alguien ha comparado la elegancia de estos corros de danzantes con los pintados por Matisse. Otras figuras levantan las manos hacia el cielo y parecen reflejarse en las aguas de un lago.

Otras teorías opinan que están saliendo de una hendidura de la roca, representando un don sobrenatural. También nos encontramos en esta cueva, indicios de figuras que recuerdan el más antiguo periodo artístico, conocido con el nombre de «cabezas redondas».

Estas pinturas tienen unos 7.000 años y nos hablan de un paisaje que el desierto ha devorado. Por aquel entonces debía gozar de unas condiciones climatológicas favorables. En las paredes y techos aparecen jirafas, ónix, elefantes, avestruces, gacelas y bóvidos pastando, entre otros animales. Contemplarlas es viajar hacia atrás en el tiempo, cuando el Sahara era una zona fértil y el desierto sólo era un mal sueño.

Conforme nos acercábamos a estas cuevas, que alguien ha calificado como «la Capilla

Sixtina del Sahara», nos hemos ido topando con numerosos vestigios del paso de Almásy. Seguimos con nuestro sueño…

T&A Recomienda

Para más información visita el documental de Al filo de lo Imposible sobre el Gran Mar de Arena.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/television/filo-lo-imposible-240810/858734/

 

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