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K2, la Gran Montaña

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Sus 8.611 metros se elevan sobre el Gran Karakorum luciendo con orgullo el honor de ser ‘la más difícil de todas las cumbres’.

Por Juanjo Sansebastián

Mi historia en relación al K2 comenzó un 19 de abril de 1983 en el aeropuerto de Barajas y terminó un 2 de octubre de 1994, en una calle de Zaragoza. Intenté alcanzar la cima de esta montaña fantástica en cuatro ocasiones: aquella de 1983, por el pilar oeste; en 1987, por el espolón sur-sureste; en 1989, por la arista de los Abruzos –la vía normal–; y por fin, en 1994, por su elegantísimo espolón norte.

Visto desde fuera, ésta podría ser, quizá, la historia de una obsesión. Sin embargo, jamás he vivido así mi relación con el K2. En aquellos 11 años que transcurrieron desde mi primer intento hasta que alcancé la cumbre, cambié de escenarios, acudí a otras citas con otras muchas montañas, sufrí, disfruté y aprendí, casi desde el principio, que una de las mejores cosas que nos ofrece la vida son determinadas sorpresas. Por ejemplo, en 1983, cuando Sebastián Álvaro me propuso formar parte del grupo para escalar el K2, no pude elegir: sólo podía decir que sí, y solo quería la cima. No la conseguí, lo cual me dejó bastante frustrado. Pero más tarde, cuando pude hacer un balance sosegado de nuestra primera actuación en ‘La Montaña de las Montañas’, aprendí que el K2, que nunca regala nada, me había dado, a cambio del fracaso, la capacidad de reconocer y aprender de mis errores sin trasladar las culpas a otros.

Además, también me obsequió con dos momentos inolvidables. Uno de ellos fue mi primera tarde a 7.000 metros.‘Rompía techo’ aquel día, cosa que me encantó tanto como el lugar donde íbamos a pasar la noche: una minúscula plataforma que nos había costado varias horas construir a golpes de piolet. Pero lo verdaderamente importante de aquella tarde fue la panorámica que divisábamos sobre el Karakorum: un arco panorámico amplísimo repleto de montañas tan hermosas como nunca había visto.

Miedo a lo desconocido

Pero después del primer vistazo general creo que sólo tuve ojos para el Ogro y los Latok, al noroeste.

Habíamos llegado temprano a aquel privilegiado balcón, así que tuve tiempo para disfrutar con la visión de aquellas tres agujas que parecían estar fuera de lugar: verticales, estilizadas, inaccesibles, más propias de parajes como la Patagonia y de dimensiones poco superiores a los 3.000 metros que de una cadena montañosa de la envergadura del Karakorum, cuyas elevaciones suelen adquirir formas más anchas y robustas. Sin embargo, aquellas tres agujas sobrepasaban los 7.000 metros. Las estuve mirando hasta que vi ponerse el sol a sus espaldas, coloreándolas de rojo suave. La otra experiencia de entre las vividas en aquella expedición fue la llegada, también por vez primera, a la cota de los 8.000 metros, un territorio soñado y, hasta entonces, desconocido. Aquella segunda tarde sentí miedo. Miedo a lo desconocido.

Gilkey Memorial.

La expedición de 1983 terminó a 8.200 metros con una sospecha –muy posiblemente infundada– de edema cerebral en Antonio Trabado, mi amigo y compañero de fatigas. Con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, ahora estoy convencido de que aquella expedición no podía haber terminado con éxito. Dicho de una manera menos suave: entonces no estábamos capacitados para subir al K2. Nos faltaron muchas cosas: un equipo bien conjuntado, un buen planteamiento de la escalada, experiencia…Todas aquellos elementos que a partir de entonces adquirimos y que nos hicieron disfrutar en otras montañas mucho más de lo que después hemos sufrido.

En nuestro segundo intento, el de 1987, los descubrimientos, lógicamente, fueron muchos menos.

Tampoco alcanzamos la cima, pero creo que entonces no cometimos ningún error. Fuimos un equipo más reducido, mucho más motivado. La vía, abierta el año anterior en solitario por Tomo Cesen hasta su confluencia a 8.000 metros con el itinerario normal, era más directa y elegante y algo menos difícil que la japonesa del pilar oeste. Con un único campamento de altura, instalado a 7.200 metros, llegamos hasta los 8.300 dejando tras nuestras huellas el Cuello de Botella y la Travesía del Sèrac. El mal tiempo nos hizo desistir a aquella altitud y yo, a pesar de la ausencia de cumbre, experimenté una de las mayores satisfacciones de mi vida.

Esta vez sí

Salimos como siempre desde Barajas, pero cambiaban otras cosas además del grupo: ya no nos encargábamos nosotros mismos de toda la cuestión logística. Una agencia de turismo lo hacía por nosotros. Esto, que hoy en día es normal, no lo había sido para nosotros hasta entonces. De entre los contrastes que se me ocurre citar entre mi primera y mi última cita con el K2, el primero es el ritmo. En 1983, obtener el cargo aéreo nos había costado 11 desesperantes días de idas, esperas y vueltas de la terminal de carga. En 1994, en cambio, aterrizamos en Islamabad a primera hora de la mañana, como de costumbre, pero no tuvimos un respiro, no disfrutamos del primer día de descanso hasta estar a punto de… ¡montar el Campo 2! ¡A 6.700 metros, en pleno espolón norte de nuestra montaña, dos semanas después de haber salido de casa!

En 1983, habíamos partido de Skardú con ocho toneladas de equipo cargado a las espaldas de más de 300 porteadores. En 1994, arrancábamos de Mazar-Lá con 800 kilos de equipaje transportado a lomos de unas pocas decenas de camellos. En 1983 contratamos seis porteadores de altura. En 1994, ninguno.

La cara norte del K2 es, por sus formas, enormemente parecida a la cara sur, como una diapositiva que estuviéramos mirando al trasluz con la parte derecha a nuestra izquierda y viceversa. Esa es la primera impresión. Pero cuando uno se mete a escalarla comprueba rápidamente que, además, es bastante más difícil. El primer gran día para nuestra expedición llega apenas semana y media después del accidente de Iñaki, el 30 de julio. Exactamente 40 años menos un día después de la primera ascensión, sobre las tres de la tarde, José Carlos y Sebitas pisan la cima del K2, posiblemente, en el mejor horario que haya registrado esta ruta. Lo han hecho tan rápido, tan bien, que –casi– pasaron desapercibidos. Aún hoy, cuando paseo con José Carlos por Bilbao,o cuando salimos juntos a alguna montaña cercana y coincidimos con gente de fuera del mundillo de la escalada, parece como si él no hubiera subido.

En un segundo ataque, cinco días después de José Carlos y Sebas de la Cruz, subíamos Atxo y yo. En la zona final, poco a poco, como queriendo avisar, las nubes lo envolvieron todo antes de que se ocultara el sol.Todo excepto los Latok y el Ogro, teñidos de rojo intenso. Sentí entonces como el cierre de un paréntesis abierto hace ya 11 años atrás. Aquellas agujas fantásticas que una tarde espléndida de 1983 atraparon mi mirada, eligiéndolas sobre todas las demás que me ofrecía el horizonte, eran ahora las únicas que podia ver. También ahora, como entonces, ‘rompía techo’: 8.611 metros.

La cumbre del K2 es bonita, digna de todas las formas que se presentan a sus pies o a sus laderas.

Llegamos a ella en el atardecer del 4 de agosto de 1994. Era tarde, pero no tanto por la hora como por el año. Alcanzaba la cima de ‘La Montaña de las Montañas’ 11 años después de que me enamorara, y también cinco después de haberla dejado de desear. Me sentía decepcionado, vacío…además de tenso por la comprometida bajada que nos esperaba.

No me enamoraba ya el K2 ni –creo– ninguna otra montaña. O quizá, simplemente, descubría que ya no iba a ser capaz de realizar sacrificios tan grandes como los que había realizado hasta entonces en ésta y en otras montañas.

Después,llegó la noche. Y la nevada intensa, y el primer vivac. Las primeras luces del 5 de agosto nos mostraron un estrecho corredor, el único paso –que la noche nos ocultaba– por donde podíamos seguir huyendo hacia la vida. Después llegó el viento, la rotura del anclaje del rappel, la avalancha que me separó 400 metros de Atxo, y mi milagrosa detención al borde de un vacío de 3.000. Nos esperaba la tragedia, pero antes íbamos a vivir la mayor historia de solidaridad que me ha tocado vivir. Yo alcancé la tienda del Campo 4, sobre los 8.000 metros, al amanecer del día 6 de agosto con las manos seriamente dañadas por congelación.

El día 7, inexplicablemente, Atxo aún vivía después de su tercera noche a la intemperie. Vivía, pero después de cinco días de permanencia en aquella cota extrema –los tres últimos sin haber ingerido alimentos ni comida– había agotado todas sus fuerzas. Aquel 7 de agosto, también exhausto, tomé la decisión de abandonarle a una muerte que ya se anunciaba segura. Sin embargo, por esas cosas que no se pueden explicar bien pero que le reconfortan a uno el alma, remonté ¡en cuatro horas! La escasa distancia que nos separaba: 150 metros de distancia que, a la subida, nos habían costado menos de 30 minutos. Le llevé agua y pastillas de hidratos de carbono, combustible que, a duras penas, le permitió regresar conmigo hasta la tienda del Campo 4.

El 8 de agosto llegamos al Campo 3, a 7.500 metros. El día 9, sólo diez después de que él hubiera pisado la cumbre, sin tiempo –por tanto– para una buena recuperación, el increíble Sebastián de la Cruz volvía a los 7.500 metros para ayudarnos.

Con él venía Ramón Portilla. Ambos, junto a Filippo, un italiano espléndido que renunció a su posibilidad de cumbre, bajaron a Atxo, cuya resistencia llegaba al límite, hasta los 6.700 metros. El 10 de agosto Atxo se apagó junto a nosotros tranquila y definitivamente, dentro de la tienda del Campo 2, a escasas horas ya del Campamento Base.

Mi amigo Kiko,‘el doctor Arregui’, me reparó las manos todo lo mejor que le fue posible, lo cual no me evitó severas amputaciones en siete dedos de las manos. El 2 de octubre abandoné el Hospital Clínico Universitario de Zaragoza. Desde entonces he vuelto a las montañas en contadas ocasiones.

Hoy pesan en mis recuerdos sin nostalgia, y ambas, montañas y vida, unidas o separadas, me siguen pareciendo estupendas.

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