El Atazar y sus alrededores, Cruce de sensaciones

El Atazar y sus alrededores, Cruce de sensaciones

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“¿Qué te apetece hacer este domingo? Me preguntó un amigo hace algunas semanas.

Mucha naturaleza, cierto ambiente rural y un poco de deporte, respondí yo. Entonces sólo te puedo llevar a un sitio en Madrid: al embalse de El Atazar, a 70 kilómetros de la ciudad de Madrid, en la Sierra Norte…”

Por Muñoz Espinel

No importa que tantas veces las canciones pop de finales de los ochenta nos digan que en Madrid no hay playas. La naturaleza ha dotado a este lugar con el enorme atractivo de contar con cauces naturales donde las altas cumbres de las sierras nos regalan de sus entrañas la fuente de la vida, bajando por sus laderas para crear, allá abajo, en el paraíso terrenal, las “playas” de Madrid. Su profundidad, amplitud y navegabilidad han convertido a alguno de estos cauces en un lugar idóneo para los amantes del windsurfing, embarcaciones de vela, kayak y mucho más. En total, son cuatro las zonas navegables que permiten la práctica de dichos deportes a cientos de kilómetros del Mar Cantábrico o el Mediterráneo.

El principal, es el Embalse de El Atazar. Bañado por las aguas del Río Lozoya y ubicado en la Sierra Norte de la región, esta zona abarca los municipios de Puente Viejas, Robledillo de la Jara, Cervera de Buitrago, El Berrueco, Patones y el Atazar. Fue declarado navegable en el año 1972, y es el embalse de mayor capacidad de la red del Canal de Isabel II.

La belleza del pantano de El Atazar
La belleza del pantano de El Atazar

El protagonismo del agua

El río Lozoya discurre tranquilo en su valle bajo, ya dejando Buitrago atrás. Es aquí donde las aguas del río se remansan y se embalsan en cuatro pantanos que surcan el recorrido. Desde la capital del río, aparecen los embalses de Puentes Viejas, El Tenebroso, El Villar y El Atazar. Este último es un auténtico mar interior, el mar de Madrid, con una longitud que alcanza los veintidós kilómetros en sus riberas.

Atrás quedaron los años en que esta parte de la sierra Norte de Madrid pasaba inadvertida, pues pocos eran quienes la conocían. Ahora, sin embargo, las cosas han cambiado y son muchos los madrileños, y de otros rincones de la península, que acuden en cualquier época del año a disfrutar de las aguas de una de las presas más grandes del país.

La imponente presa de 134 metros de altura fue levantada en el año 1970 y, según dicen los entendidos del pueblo, sirve para almacenar casi la mitad de las aguas de la Comunidad de Madrid. Éste es el orgullo de las gentes de El Atazar.
Turismo rural

Siguiendo el asfalto, de una estrecha carretera que bordea desde arriba la orilla suroeste del pantano, se hallan unos bellos paisajes de montes de vegetación baja, con matorrales y jara. Entonces se alcanza El Berrueco, que recibe su nombre de la piedra berroqueña que abunda por todos los lados.

No viene mal saber que esta villa es la única que tiene picota en Madrid, una picota del año 1000 que servía para exhibir a los culpables de un delito. Siguiendo pequeñas carreteras, siempre con el agua del Lozoya como protagonista, aparecen pequeños pueblos, casi abandonados, de la Sierra Norte de Madrid.

Panorámica de Buitrago del Lozoya
Panorámica de Buitrago del Lozoya

Éstos se agrupan en distintos municipios, siempre con ese encanto especial del sabor rural. Pueblecitos como Manjirón, Cinco Villas, Paredes de Buitrago, Serrada de la Fuente y Puentes Viejas se suceden uno tras otro.

Aunque es el agua la que se lleva todo el protagonismo, también puede resultar interesante conocer la cultura de estos pueblos.

En El Atazar hay que visitar su iglesia parroquial, del siglo XVII, caracterizada por su peculiar torre. Desde El Atazar, una senda forestal conduce hasta Berzosa de Lozoya, un pueblo como tantos otros, como Manjirón y Paredes de Buitrago, que conservan muchos rasgos de su arquitectura tradicional, con parroquias del siglo XV construidas en piedra granítica.

Por su parte, Cervera de Buitrago es un pueblo que ha pasado de ser ganadero a ser marinero. A orillas del embalse, es como si estuvieran al lado del mismo Mediterráneo. Las agradables temperaturas de las que goza este mar madrileño durante los meses de verano hacen que las gentes de la Villa y Corte busquen estos lugares donde, además, se pueden practicar un buen número de actividades.

Naturaleza en estado puro
Naturaleza en estado puro

Deportes de Aventura
Cervera de Buitrago tiene un Club Náutico privado, con dos empresas que ofertan actividades náuticas: Nortesport (Tfno: 918 687 153), que permite realizar piragüismo y windsurf, y Kajuma (Tfno: 918 686 130), que alquila piraguas y kayaks de una y dos plazas.

También se puede descubrir la zona a lomos de un caballo, o bien utilizando una bicicleta de montaña. El Centro Ecuestre El Pedazo (Tfno: 918 687 096) es la mejor apuesta para los caballos, mientras que Aquanor (Tfno: 918 686 136) alquila bicicletas de montaña para descubrir sobre ruedas estos magníficos parajes, siempre acompañados por el agua de la presa de El Atazar y con la omnipresente sierra como telón de fondo. Sea cual sea la elección, quedan garantizados unos momentos inolvidables.

Presa del Villar
Presa del Villar

El Atazar: Alegoría de lo divino

Hay paisajes, como el desierto y el mar, que por su simplicidad remiten a las edades primigenias del planeta. El Atazar tiene algo de eso, de desierto y de mar, de la Tierra silúrica, de cuando la luz de la razón era aún un oscuro albur en la lotería de la evolución. Por un lado está la presa de El Atazar, la mayor reserva de agua dulce de la región, mayor que los otros trece embalses madrileños juntos, todo un mar, todo un tesoro. Por otro, un bendito desierto de pizarra y jara pringosa hasta donde alcanza la vista. Si uno no siente un repelús en el pestorejo, un irse, un vértigo, al asomarse a este paisaje elemental desde Cabeza Antón, es que no le ha tocado ni un fotón en dicha lotería.

Ese vértigo aflora ya al cruzar el muro de la presa, una inmensa ola gris de 484 metros de largo por 134 de alto, curvada de tal forma que su paramento de aguas abajo vuela sobre el abismo sinuoso del Lozoya. Es el mismo río que, junto al muro, forma un manso piélago de 1.070 hectáreas, 72 kilómetros de costas y más de 20 kilómetros de longitud, medio billón de litros…; cifras impresionantes, pero que en años de sequía menguan drásticamente, mostrando entonces el embalse los descarnados taludes, los islotes y los bajíos en que podemos encallar los madrileños si no llueve lo suficiente.

Y ese vértigo se agudiza al ver, ya en la otra orilla, la extrema soledad del pueblo de El Atazar, sito al final de una carreterilla sin salida, en lo alto de una loma pelada sin un árbol en dos kilómetros a la redonda, ni siquiera un ciprés proyectando su parca sombra sobre el camposanto. Dotando a la localidad de un cierto misticismo. En 1864, Casiano del Prado no dudó en señalar esta tierra de barrancos como la más inhóspita y bella de la región, donde apenas podía cosecharse centeno, y éste tan sólo rendía 3 por 1 pero que su estado prístino compensaba esas penurias. Abandonados los cultivos, reducidos a leña robles y encinas…, las jaras invadieron estas benditas soledades que la presa no hizo sino confirmar poniendo casi un océano entre ellas y el resto del mundo…

Justo al norte de este pueblo donde aún subsisten noventa almas, se alza el mejor mirador de tanta visión idílica: Cabeza Antón. El camino que nos ha de llevar hasta él arranca a espaldas de la iglesia parroquial: pulcra fábrica de lajas de pizarra parda –como buena parte de la aldea–, de época barroca, con airosa espadaña y crucifijo gótico esmaltado en su interior, todo ello bajo la exótica advocación de Santa Catalina de Alejandría. Y es una ancha pista de tierra que desciende trazando un par de largos zigzags, por el frontón y por el cementerio, hasta el fondo del barranco del arroyo de la Pasada.

Nada más cruzar el regato, la pista ofrece un desvío a la derecha que no se ha de tomar, rebasa luego un colmenar y, como a media hora del inicio, comienza a culebrear por un solitario robledillo. En otra media hora, al cabo del bosquete, surge a la diestra un ramal que trepa al picudo Torrejón (1.292 metros). Pero nosotros seguiremos subiendo por la pista principal y, después de pasar junto a varias majadas en ruinas, alcanzaremos un rellano –a cinco kilómetros justos del pueblo, o una hora y media de paseo– en el que deberemos desviarnos a la izquierda por la cresta de la alargada loma en cuyo extremo se atisba la estructura cilíndrica del vértice geodésico de Cabeza Antón. Para más señas, en dicho rellano veremos una barrera metálica y, tras ella, la pista que lleva hasta la cumbre.

Plantones de encinas y robles de una reciente y acertada repoblación; afilados crestones de pizarra; enormes mojones de aire prehistórico; y la linde de un verde pinar, nos conducirán en tres cuartos de hora hasta este vértice situado a 500 metros sobre el dulce mar de El Atazar y 1.396 sobre el salado. Estas son las vistas: a poniente, el Valle del Lozoya, desde la sierra de la Cabrera hasta Peñalara; al norte, el valle del Riato y la peña de la Cabra; y al sur, allende el pueblo y la magna presa, la serrezuela del antiguo reino de Patones y la llanuras de Madrid y Guadalajara.

Olor a jara. Digno y enigmático silencio. Desierto y mar, ¿habremos llegado al paraíso? No, simplemente es un paseo por un rincón de España, el embalse de El Atazar, un paraje increíble. Son los pequeños fiordos castellanos formados gracias al entorno montañoso de Somosierra, Pinilla y Lozoya.

 

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