El Cañón del Yarlung Tsangpo, los Ecos del Trueno Líquido

El Cañón del Yarlung Tsangpo, los Ecos del Trueno Líquido

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Desde su nacimiento a los pies del monte Kailas, este río fluye durante más de 1.300 kilómetros hasta llegar, en el extremo oriental del Tíbet, a un canon que se ha convertido en uno de los grandes misterios geográficos.

Por Antonio Perezgrueso

En 1998 lo intentamos por vez primera, pero tuvimos que desistir debido sobre todo a diversos problemas con nuestros inexpertos porteadores.

Años después regresábamos con algo más de confianza debido a lo mucho que habíamos aprendido en la expedición anterior. Pero el convencimiento absoluto estaba muy lejos de nuestro ánimo. Un proyecto de la envergadura del que estábamos iniciando siempre conlleva muchas más incertidumbres que certezas.

No en vano, nadie hasta el momento ha conseguido recorrer en su totalidad, a pie o en algún tipo de embarcación, los aproximadamente 240 kilómetros de ese cañón que ha simbolizado como pocos el espíritu de los más grandes misterios geográficos a los que se ha enfrentado el ser humano a lo largo de su historia de exploraciones.

Antes de llegar al cañón en el extremo oriental del Tíbet, el río Yarlung Tsangpo fluye durante más de 1.300 kilómetros desde su nacimiento a los pies del monte Kailas, paralelo a la cordillera del Himalaya por el altiplano tibetano, a más de 4.000 metros de altitud. Sin embargo, precisamente en este punto que comenzábamos a recorrer, el río se desboca, efectuando un imprevisible giro de unos 260 grados horadando el cañón más profundo y desconocido del planeta. Un fenómeno de tan difícil justificación que durante más de cien años militares, geógrafos y exploradores trataron de confirmar si aquel tranquilo y caudaloso río que cruzaba el Tíbet era el mismo que, conocido con el nombre de Brahmaputra, se adentraba en las llanuras de la India en dirección contraria para acabar desembocando junto al Ganges en el golfo de Bengala.

La grandiosidad del Yarlung Tsanpo
La grandiosidad del Yarlung Tsanpo

Comenzábamos a internarnos en un espacio casi virgen que reúne varios picos de más de 7.000 metros y una jungla impenetrable que da cobijo a innumerables especies vegetales, algunas todavía sin clasificar, y una variada fauna. En ocasiones así te gustaría poseer la capacidad de borrar de la memoria ciertos recuerdos para volver a experimentar el placer y la agitación intensos que sólo se sienten cuando te enfrentas por primera vez a un prodigio de la naturaleza como es el Yarlung Tsangpo.

Partida desde Lhasa

Acabábamos de salir de la aldea de Tziga con 29 porteadores, tras varios días de viaje en todoterreno desde Lhasa, la capital del Tíbet. Nuestra intención era completar la travesía del cañón y adentrarnos en lugares casi desconocidos, allí donde el río abre de un profundo tajo la cordillera más formidable de la Tierra antes de dirigirse a las llanuras de la India y Bangladesh.

Sin embargo, la naturaleza de este pedazo de tierra permanece igual de impenetrable y agreste, convirtiendo nuestro progreso en una penosa caminata que nos obliga en ocasiones a subir hasta collados por encima de los 3.000 metros de altitud para, acto seguido, volver a bajar hasta la orilla del río, un esfuerzo que va castigando nuestras piernas día tras día. No existen caminos en estas laderas de frondosa vegetación. Hay que abrirse paso a golpe de machete y agudizar el ingenio para improvisar pasos con los que sortear los numerosos torrentes que caen hacia el gran caudal.Un suelo húmedo y cenagoso en el que a veces te hundes hasta los to billos. Mientras, la niebla y la lluvia apenas nos dan un respiro para poder disfrutar de la belleza que brindan a nuestros ojos los dos gigantes nevados de más de 7.000 metros que flanquean el río a modo de fantástico pórtico natural: el Gyala Peri y el Namche Barwa, que fue hasta 1992 la montaña más alta del mundo aún sin ascender –lo consiguió una expedición japonesa–.Al pasar entre ellas, el río se estrecha en una garganta de una profundidad tres veces mayor que la del Gran Cañón del Colorado. Justo en este punto se elevan las mayores paredes de la Tierra, pues desde el cauce del río hasta la cima del Gyala Peri existe un desnivel a pico de 5.000 metros.

Todo ha cambiado

El mayor caudal con el que en esta ocasión baja el Yarlung nos obliga con frecuencia a variar el itinerario, que recordábamos de nuestra anterior travesía. Así, por ejemplo, una hermosa playa que nos había servido de vía de paso ahora yace bajo las furiosas aguas. Buscamos una alternativa en una pendiente bastante inclinada y resbaladiza con la ayuda de una cuerda, pero pronto comprendemos que es imposible para los porteadores tibetanos superarla con las cargas a la espalda.Al día siguiente equipamos con 150 metros de cuerda otro camino, también muy empinado, que nos había indicado Shingo, uno de nuestros porteadores, quien lo había usado durante una partida de caza.

Después de varias horas de duro esfuerzo, todos logramos llegar hasta la parte alta del paso. Ángel y Tamayo, seguidos por varios porteadores, se adelantan al grueso del grupo para seguir equipando el camino esta vez descendente. Un sorpresivo encontronazo con un nido de avispas provoca una desbandada en su grupo, que trata de huir de las picaduras. Uno de los porteadores empuja en su veloz huida a Ángel pendiente abajo, quien acaba con una pequeña brecha en la cabeza. Por fortuna para ambos, una masa de bambúes detiene su descenso vertiginoso hacia el abismo. Imposible imaginar entonces que aquel percance se convertiría en preludio de algo mucho más grave para Ángel y que trastocaría el desarrollo de nuestra expedición.

Los abruptos desniveles, el principal obstaculo
Los abruptos desniveles, el principal obstaculo

Sin más sustos propiciados por la fauna local, seguimos avanzando hasta llegar a las ruinas del monasterio budista de Pemako Chung. Antaño fue un importante templo y centro de peregrinación. Hoy derruido, quizá víctima del terremoto que asoló la región en 1950 y cuya intensidad fue nada menos que de 8,5 en la escala de Ritcher.

Tras abandonar las ruinas descendemos de nuevo hacia el río. En un momento de la marcha unos cuantos porteadores se detienen para mostrarnos una de las piraguas que habían porteado para una expedición norteamericana en febrero y habían dejado allí escondida. La formaban siete piragüistas que lograron descender los primeros 80 kilómetros del cañón en 14 días, ayudándose de un grupo de porteadores que los abastecían desde las orillas. Sin duda, se trata de un meritorio logro teniendo en cuenta la enorme dificultad y riesgo que entrañan las aguas bravas del Yarlung. Así lo pudimos comprobar en nuestra anterior expedición.

Continuamos la marcha confiados a la pericia y conocimiento de nuestros acompañantes nativos. Resulta increíble cómo se mueven por un medio tan desfavorable y abrupto. Más que conocer el camino, parecen saber leer en el laberinto de este bosque impenetrable. En especial confiamos en Shiro, que ya estuvo con nosotros en el Gyala Peri y con quien forjé una buena amistad entonces. Sus padres se instalaron en esta región huyendo de la represión china tras su invasión del Tíbet a mediados del pasado siglo. La relación de estos hombres con este medio va más allá de la pura explotación para su sustento. Mantienen con él una íntima relación que se refleja en sus creencias religiosas. Una jornada nos llevaron hasta un collado donde nos encontramos con un pequeño lago que para ellos es sagrado. Unos cientos de metros más allá del lago, y tras cruzar un bosque de rododendros, les acompañamos hasta una cueva donde se detuvieron a rezar.

Según su tradición, allí se retiraba a meditar Pema Sambaba, uno de los dioses del Yarlung Tsangpo.

De acuerdo a lo hablado con los guías, en tan sólo cinco jornadas de marcha llegaremos hasta Tsachu, donde tenemos previsto un avituallamiento. El camino discurre entre troncos caídos cubiertos de musgo y helechos que lanzan sus brillos esmeraldas golpeados por el sol. De las ramas de los rododendros cuelgan multitud de lianas que convierten el paisaje en un lugar mágico. Quizá por ello, un botánico y excelente explorador británico, Francis Kingdon Ward bautizó esta región como “El país de las hadas del rododendro”. Ward se adentró en estas selvas en 1924.

Cuando amanece el 27 de noviembre todos nos preparamos para una larga jornada. Tenemos que subir hasta el collado Sachen a través de una torrentera cubierta por una ligera capa de hielo a resultas de la lluvia caída durante la noche. Conforme ganamos altura va apareciendo la nieve, e incluso en algún punto tenemos que hacer uso de la cuerda a fin de facilitar la progresión a los porteadores. Al llegar al collado, el panorama que se nos ofrece es espectacular, presidido por las gigantescas montañas que flanquean el río separadas por un profundo tajo de 5.000 metros abierto por el poder del trueno líquido que vuela a sus pies.Por fin el alma del canon del Yarlung se nos ofrece en toda su plenitud.

Desprendimiento de rocas

Comenzamos un descenso que intuimos largo y complicado en dirección a un grupo de árboles que se encuentra bajo una zona rocosa. Mientras ascendemos por una de las canaletas que tomamos como camino, al paso de la caravana se desprende una enorme piedra que se precipita a toda velocidad cuesta abajo. Los gritos de advertencia no lo gran impedir que golpee con fuerza a un desprevenido Ángel. Por fortuna, la rápida intervención de un porteador, que lo atrapa casi al vuelo, evita que lo arrastre en su caída. Pero sí que la roca le provoca unos profundos cortes en el dedo índice de la mano izquierda, además de dañarle el costado, la cadera y provocarle un pequeño corte en la cabeza. Nos tomamos un tiempo para recuperarnos del susto y hacerle las primeras curas de urgencia antes de continuar la marcha.

Nos dividimos en dos grupos

La tarde se nos echa encima sin que veamos claro por dónde proseguir. Decidimos dividirnos en dos equipos y ver si así somos capaces de encontrar un camino que nos saque de allí. Nuestro grupo acampa donde buenamente puede y comemos algo gracias a la caridad de nuestros porteadores, pues nuestra comida va en los petates del otro grupo. Curamos lo mejor que podemos las heridas abiertas de Ángel al tiempo que le preparamos un lugar junto a la hoguera donde descansar con el único saco de que disponemos. José Carlos y yo compartimos la manta que nos ha prestado un porteador. Pasamos la noche en compañía de Shiro vigilando el fuego mientras esperamos un amanecer que parece no querer llegar nunca.

Analizando la situación
Analizando la situación

Son las 09:30 horas cuando nos ponemos de nuevo en marcha. Ángel se siente como si le hubiera pasado un mercancías por encima –de hecho al menos un vagón sí que le ha atropellado–, pero puede andar con más o menos dificultad. Después de un rato de descenso, vislumbramos por fin a los del otro grupo.También podemos ver al fondo del cañón un impresionante salto de agua. Se trata de las Hidden Falls (Cataratas Ocultas), cuyo descubrimiento se atribuyó Keneth Storm, miembro de la expedición norteamericana de 1998. Las autoridades chinas salieron a la palestra para rebatir el anuncio de Storm argumentando que un equipo de exploradores chinos ya las habían fotografiado en 1987 durante un vuelo en helicóptero por el cañón. Este pequeño incidente sobre paternidades de descubrimientos resulta muy revelador acerca de lo atrayente y preciado que se ha vuelto este pequeño pedazo de nuestro planeta.

Aquella visión hubiera hecho inmensamente feliz a Kingdon Ward, pero nosotros ahora ni nos planteamos llegar hasta el pie de las cataratas debido al estado de nuestro compañero. Nos tenemos que conformar con rodar unos planos desde donde nos encontramos.

Tras otro día de marcha por fin llegamos a Paiji, ni siquiera es una aldea pues tan sólo tiene dos casas. En una de ellas una joven madre nos invita a un reconfortante té acompañado de champa y algo de tocino. Desde Paiji subimos hasta el collado de Chata-La para luego descender de nuevo hasta el punto donde se encuentra una tirolina que nos permite cruzar a la otra orilla del río, pues resulta imposible continuar por la ribera en la que nos encontramos.

Se trata de un sencillo cable de acero sobre el que se desliza un ingenioso sistema de poleas compuesto por una rueda de rodamientos abrazada por un trozo de hierro cuyos extremos están doblados hacia arriba. Por ellos pasa una cuerda que rodea al transportado a modo de precario arnés de seguridad. En unos 15 segundos se recorren más de cien metros sobre el abismo líquido, lo cual no deja indiferente a ninguno de los que tenemos que probar sus excelencias.

Sin mayores contratiempos llegamos hasta Tsachu, donde viven seis familias, una de las cuales acoge con enorme hospitalidad nuestros maltrechos huesos. Desde aquí ya es posible que Ángel salga del cañón acompañado de cuatro porteadores.

Las gentes de Tsachu
Las gentes de Tsachu

Nosotros nos quedamos para continuar nuestra expedición. Uno de los habitantes de la aldea se ofrece amablemente a conducirnos hasta las míticas cataratas Brahmaputra, aquellas que buscara con tanto ahínco Kingdon Ward.

Salimos pronto de la aldea puesto que, al parecer, nos espera una larga jornada de marcha. Cruzamos el río Po Tsangpo, tributario del Yarlung, gracias a otra de estas emocionantes tirolinas. El primero en cruzar es José Carlos, quien lleva consigo una cuerda de cien metros a fin de ayudar a remolcar las cargas.

Con nuestros porteadores...
Con nuestros porteadores…

Para nuestra sorpresa descubrimos que la cuerda es más corta, debido a que alguien ha decidido tomar prestados unos 20 metros.A pesar del contratiempo, cruzamos sin mayores dificultades y llegamos a Mendong, una aldea que está siendo abandonada por sus habitantes. Las autoridades chinas han decidido despoblar esta región y convertirla en un parque natural protegido. El afán por ‘normalizar’ esta región por parte del gobierno chino se percibe claramente en actuaciones como ésta o en sus mapas, donde se ofrece una nomenclatura diferente a la tradicional usada por sus habitantes. Nosotros hemos preferido mantener aquí ésta última.

Poco después llegamos hasta un lugar desde el que se ve una cascada en un río que baja desde el Gyala Peri. Para nuestro disgusto el guía nos dice que esas son las cataratas que íbamos buscando.De nada sirven nuestras protestas y tenemos que regresar a Tsachu. Allí nos esperan más malas noticias. Nuestro guía Dawa no ha resuelto nada sobre los porteadores que nos tienen que acompañar para completar la travesía del cañón. Por si fuera poco, nos dice que la tirolina situada en Luku ha sido destruida por una avalancha, lo que hace imposible que podamos seguir río abajo. Estamos decididos a agotar el tiempo concedido por las autoridades chinas, por lo que formamos un pequeño grupo para alcanzar al menos hasta las cataratas Brahmaputra.Para hacerlo con seguridad contamos con la ayuda de Karma-Shiro, bisnieto del hombre que hizo de guía para Ward en 1924. Avanzamos por un terreno siempre inclinado que nos obliga a construir una plataforma con troncos y maleza para acampar y dormir en una posición más o menos horizontal.

Coronamos varios collados como el Tsundo Kopma La, de 2.890 metros de altitud o el Güeisum La, de 2.995 metros, seguidos de sus correspondientes descensos, hasta que por fin nos encontramos frente a las famosas cataratas. El ruido del Yarlung Tsangpo despeñándose es absolutamente ensordecedor, hasta tal punto que nos impide dormir.

En las entrañas del río
En las entrañas del río

En apenas 20 metros, todo el inmenso caudal del Yarlung se encajona con una furia blanca y temible.

Nos encontramos ante el sueño de Ward con un sentimiento agridulce, pues para nosotros también es el punto final de nuestra expedición al cañón más profundo de la Tierra. Los misterios de este pedazo de terra incognita seguirán esperándonos más allá de esta maravilla de la naturaleza.

 

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