Rapa Nui, Una Aventura entre la Leyenda y el Futuro

Rapa Nui, Una Aventura entre la Leyenda y el Futuro

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Rapa Nui es uno de los entornos más espectaculares y misteriosos que hay en el planeta. Su hitoria, sus leyendas, sus costumbres o sus admirados moai, hacen de esta isla un lugar mítico. En l actualidad, tradición y modernidad luchan por convivir.

Por Eduardo Crespo de Nogueira

Rapa Nui. La Isla Grande. Te Pito O Te Henua. El Ombligo del Mundo. Isla de Pascua, el lugar habitado más distante de cualquier otra comunidad humana, la isla más cabal, evoca la aventura marítima por antonomasia. Una aventura que aún hoy nos aguarda, sobre todo si estamos dispuestos a cambiar cinco horas de avión por ocho días de buque carguero.

Una aventura que comenzó para Occidente el 5 de Abril de 1722, el Domingo de Pascua, fecha en que fue avistada por las naves de Jacob Roggeveen; pero que se inició doce siglos antes para los pueblos polinesios, en los tiempos míticos de los Orejas Largas y los Orejas Cortas.

Petroglifo ancestral
Petroglifo ancestral

La primera inmigración a Rapa Nui que se registra en la tradición oral fue conducida por el “Rey Padre”, el Ariki Hotu A Matu’a, líder de una auténtica expedición colonizadora, numerosa en familias, y copiosa en pertrechos, semillas, tubérculos y pollos. Miles de millas en balsas por el océano, guiándose por las estrellas mediante cuerdas de nudos y entramados de varillas. Una operación calculada, cuyo éxito se debió, sin embargo, al espíritu libre de los siete exploradores mensajeros que el Ariki (inspirado, dice el mito, por un sueño) envió en avanzadilla al mar ignoto. Décadas, o tal vez siglos después, disgregada ya en tribus la descendencia de Hotu A Matu’a, llegó a la isla otro pueblo, al que llamaron Hanau Eepe, por su costumbre de alargarse el lóbulo de las orejas. Pudo llegar de Marquesas, el “Hiva” de la memoria popular, o de otro archipiélago de Oceanía, pero parece ya probado que no lo hizo desde las costas del Sudamérica, donde sin embargo existía ya entonces una práctica similar, argumento de la famosa teoría de Thor Heyerdahl.

El Hombre-Pájaro

Esta costumbre fue imitada por los residentes, y llegó a haber “orejas largas” en las dos etnias. Se produjo una guerra, y los conocedores del terreno acabaron venciendo a los “invasores”, y absorbiendo a los escasos supervivientes. El saber agrícola de los “Hanau Momoko” de Hotu A Matu’a se unió entonces al potencial artístico de los “Hanau Eepe”, artífices de las estatuas de piedra, los moai, que habrían de cobrar fama mundial, y que hoy nos sobrecogen desde el primer contacto.

El Mana, el poder de los antepasados, cae sobre quien lo respeta, y su fuerza vendrá con nosotros más allá de la isla.

Unificadas las etnias, volvió la endogamia insalvable. Se desvaneció el impulso navegante, el estímulo innovador de la comparación, pero floreció en forma nueva el alma aventurera de los pueblos de la Polinesia: Aumentó la población, y a la Edad de Oro de los megalitos siguió una época de convulsión social. Lo religioso perdió peso en favor de lo político. Se debilitaron las tradiciones sagradas, los “tapu”, y mermó la envergadura material del arte.

La veneración de los moai, representantes de los ancestros, dio paso entonces al relevo anual del poder a través de la figura del Hombre-Pájaro, el Tangata Manu. Dicho poder pasaba a manos del jefe del clan cuyo mejor guerrero fuese el primero en culminar, esa primavera, la gran proeza: Amanecer en la aldea ceremonial de Orongo, sobre la parte alta de los acantilados de la isla; descender corriendo descalzos por la inmensa pared de roca vertical; lanzarse al mar en un estrecho plagado de tiburones; cruzarlo a nado hasta alcanzar el islote grande, Motu Nui; hallar en él un huevo de manutara, la golondrina de mar; y regresar con el huevo intacto hasta la aldea, nadando de nuevo entre escualos, y trepando por el farallón. El desenlace de la competición quedaba grabado en las rocas cercanas. Fue la era dorada de los petroglifos, desde los que hoy, tras un ascenso espectacular a Orongo, nos asomamos con vértigo al océano. Nos sentimos aventureros menores, poco capaces de emular gestas de esa envergadura.

Después, con la quiebra de estas luchas rituales, llegó la guerra verdadera entre las tribus, en busca del poder total y permanente. Se derribaron completamente los moai y la isla sufrió incendios y saqueos de recursos que la llevaron a la devastación ecológica, y a la ruina social. Faltaban en ese momento pocos años para el primer contacto histórico con el mundo exterior.

Pronto arribaron a Rapa Nui Cook y La Pérouse, y también balleneros sin escrúpulos, y piratas, y esclavistas. Con ellos también llegaron novedades mortíferas, como la viruela; y armas de doble filo, como la estancia de fray Eugenio Eyraud, llegado en 1864 con vocación de servicio a la comunidad, pero también con la convicción de que buen número de tradiciones polinesias que aún sobrevivían eran elementos nocivos que había que erradicar. Fue sencillo, en una sociedad rota, el enraizamiento del cristianismo, como ariete de la cosmología occidental. El presente es ecléctico y fructífero y el domingo disfrutamos de una bellísima misa católica, compuesta de antiguos cantos corales polinesios, bajo una imagen de la Virgen María coronada por un hombre -pájaro.

Recuperando la tradición

Se cerró abruptamente la era antigua en la historia de Rapa Nui, pero la tradición, sin embargo, llegó con cierta fuerza al siglo XX de la mano de los relatos orales transmitidos de generación en generación, con referencias a las antiguas clases sociales, a los usos agrícolas, a las técnicas de construcción, a las nociones de medicina y astronomía, a los juegos y a los deportes.

Nos han llegado también impactantes aventuras, como la del joven que salvó la vida nadando tres días seguidos para volver a Rapa Nui, tras arrojarse del buque esclavista que lo llevaba cautivo hacia el Perú. Sus biznietos nos repiten la historia con orgullo de príncipes hospitalarios.

El conocimiento ancestral también sobrevivió, pero en las últimas décadas la erosión de ese patrimonio inmaterial ha sido grande. Sólo esfuerzos silenciosos, como el del capuchino alemán Sebastian Englert, cuyo nombre lleva hoy el museo etnográfico de la isla, y que, durante treinta años recopiló por escrito la antigua lengua y sus historias, han valido para evitar la pérdida absoluta e irreversible de algo que, por suerte, comienza a recobrarse en las escuelas. Nuestro siglo XXI encuentra a Rapa Nui dudosa de su identidad, al tiempo que afirmándola.

He aquí el reto, la difícil pero hermosa aventura a la que se aboca un pueblo. Convivimos con gentes amables, que desean preservar lo valioso de su herencia sin renunciar a la modernidad. Las soluciones son múltiples, pero convenimos con las fuerzas vivas de la isla que el punto de partida es necesariamente uno: la integración respetuosa del desarrollo cultural en una Naturaleza limitada y frágil que ya sufrió bastante en otros tiempos. Y eso es posible, porque esas dos potencias cuentan hoy con exponentes lúcidos, pujantes, y capaces de llegar a entendimientos:Por un lado, destaca la “Tapati”, por el otro, el Parque Nacional Rapa Nui.

La “Tapati”

Tapati es un festival etnográfico anual, que da impulso creativo a la cultura pascuense, a una vida polinesia cotidiana en el seno de la República de Chile, mediante un conjunto de celebraciones, competiciones y concursos de talante popular; recreaciones de momentos míticos y pruebas ancestrales, que no rechazan nuestra presencia curiosa, pero que no están pensadas para forasteros. Extraños deportes, de notable riesgo, y de gran exigencia física, son los platos fuertes de Tapati. A lo largo del festival,los competidores en las diferentes pruebas se adscriben a bandos, partidarios de distintas muchachas candidatas a Ariki, a reina anual, en memoria del antiguo relevo de poder. Compiten, y suman puntos, los más capaces representantes de los cantos y danzas tradicionales (algunas importadas por intercambio con Tahiti), de la gastronomía original, del arte floral, del tallado de la Madera y de la piedra, de la fabricación de anzuelos de hueso, de la pintura y la confección de vestimenta en cortezas vegetales y, sobre todo, de los deportes autóctonos, entre los que destacan dos:

Comienza La Tapati
Comienza La Tapati

El primero es una suerte de descenso tropical. Consiste en el deslizamiento de hombres casi desnudos, tumbados sobre troncos, por lo general de banano, pendiente abajo por empinadas laderas de cerros volcánicos cubiertos de herbazales. Gana el que más trecho logra cubrir sin salir despedido en un bache ni salirse de la zona balizada, a velocidades que llegan a superar los noventa kilómetros por hora. Son frecuentes las fracturas de huesos. A nosotros nos basta con trepar hasta media ladera, para observar a las balas humanas.

Candidatas a Ariki
Candidatas a Ariki

El otro deporte tradicional es un curioso triatlón, que se celebra en torno al volcán Rano Raraku, la legendaria cantera de moai. Los atletas atraviesan a nado la gran laguna que ocupa el cráter, después la cruzan en sentido inverso remando con paletas desde sus precarios apoyos en pequeñas balsas individuales hechas con fibra de totora y, cuando alcanzan de nuevo la orilla, dan la vuelta corriendo descalzos al perímetro pedregoso de la laguna, cargando sobre los hombros, como un yugo, dos enormes racimos de plátanos.Todo sea por su admirada candidata a Ariki. Acabada la competición, nos invitan a mover las caderas, sumándonos al sau sau, y a otros bailes imposibles.

Estas pruebas tienen por escenario lugares emblemáticos de la isla, queridos por la comunidad, e incluidos en el Parque Nacional Rapa Nui.

 

Ritual para participar en el triathlón
Ritual para participar en el triathlón

Si Tapati opera en intensidad, el Parque Nacional lo hace en extensión. Ocupa gran parte del litoral de la isla y su “hinterland” inmediato, un diseño en “corona” coincidente con la ubicación más abundante del famoso patrimonio arqueológico para cuya conservación y restauración nació.

Sin embargo, el Parque Nacional ha ido enriqueciendo su quehacer en otras direcciones paulatinamente.

Se ocupa ahora también de las colonias de cría de las aves marinas, tanto de la isla como de los islotes adyacentes, incluso de la más distante Motu Motiro Hiva, o Sala y Gómez.

Se afana también en la reintroducción de especies forestales endémicas extinguidas en estado natural, como el toromiro, una sófora de cuya Madera están hechas las valiosas tablillas grabadas con la escritura “rongo rongo”, aún no descifrada, además de ocuparse de los recursos marinos, en especial de la protección del coral.

Pero su mayor preocupación, el gran desafío, es la ordenación del territorio; el escenario donde confluyen problemas y soluciones, donde se manifiesta la complicada realidad de la Rapa Nui de hoy, y la clave de su mejor futuro. Un pueblo que siempre ha basado su estructura social en la división y herencia de la tierra no comprende fácilmente que un “recién llegado” pueda apropiársela en aras de una modernidad, venida del continente en forma de una fugaz presencia de la NASA, un aeropuerto, una carretera y un par de monopolios. Vemos como surgen las tensiones en el Consejo de Ancianos, y asistimos a algaradas colectivas de reivindicación de tierras, a las que el Parque Nacional procura responder con equilibrio.

Nuestras cámaras no son bienvenidas hasta que se impone la idea de que divulgar lo que ocurre en la isla es empezar a solucionarlo. Porque el problema concreto es la ganadería, cuya posesión en abundancia es un símbolo ancestral de status en la sociedad rapanui.

El equilibrio en el Parque

Los terrenos óptimos para el pastoreo se ubican en el centro de la isla, en fincas públicas sobre las laderas del volcán más alto, el Terevaka, a las que el ganado particular no tiene acceso, por lo que se concentra en la corona costera, en el Parque Nacional, sobre el que causa variados impactos.

El futuro pasa por la negociación: Reducción selectiva del número de cabezas por un lado; posibilidad de acceso a tierras más aptas por el otro.

Parque Nacional Rapa Nui
Parque Nacional Rapa Nui

El Parque lo sabe, y trabaja en el único sentido posible, el de informar, difundir, y capacitar; abogando por que la isla, pequeña y frágil, se planifique pronto como una unidad viable.

Mientras tanto, los esfuerzos realizados por el Parque en el sentido de puesta en valor del arte rupestre de la isla, de recreación de una aldea como sede de actividades tradicionales, o de recorridos para la interpretación del patrimonio, hacen crecer la cercanía entre pobladores e instituciones, es decir, entre personas y Naturaleza.

Desde el ámbito internacional, y a partir de la inclusión de Rapa Nui en la Lista de Bienes del Patrimonio Mundial de UNESCO, se trabaja también con el objetivo de conseguir la sinergia de la ecología y la cultura pascuenses.

Incluso España, impulsor de un productivo hermanamiento con el Parque Nacional del Teide, contribuye al futuro sostenible y moderno de una isla orgullosa de su pasado de leyenda. Nuestra aventura es ahora la aventura de Rapa Nui.

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