Un vivac en las Grandes Jorasses, Aventura Eterna

Un vivac en las Grandes Jorasses, Aventura Eterna

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Por la cara Norte de esta cumbre, una de las grandes paredes alpinas (1.200 metros de altura) y uno de los lugares más inhóspitos del planeta, transcurre la vía Mac Intyre-Colton. Atacarla era un sueño.

Texto: Ferrán Latorre

Fotos: Sebastián Álvaro / Joan Amils / Ferrán Latorre

Parece que la nieve persiste todavía. Aferrado a la roca, el espectáculo me estremece. Definitivamente se ha hecho de noche. La luz de mi frontal ilumina fantasmagóricamente el espacio tenebroso que me rodea. Como si estuviera en una mina, el halo de luz amarillenta me descubre formas irreales. Si enfoco a la derecha, veo unos metros de roca: fisuras oscuras que se pierden hacia arriba y láminas de granito forradas de nieve; granito austero y frío como el mármol sepulcral, implacable e infranqueable. Me asusta la vertiginosidad de estas paredes, que en la oscuridad parecen mucho más temibles. Pienso en la parte del todo que forman estos metros de roca. Pienso en lo inhumana que es esta pared.

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Sentado en una pequeña repisa la observo como esperando una respuesta, un pequeño gesto de piedad. Es el engaño que propicia el pensar que esta montaña tiene alma. Tanto que la hemos deseado y hablado, y ahora nos ignora. Aunque quizá tan sólo esté dormida,impertérrita. A mi lado tengo a Joan Amils. El foco de luz le ilumina parcialmente. Acurrucado en una pequeña repisa, apoyado a la pared y con las piernas colgando en el vacío, simula que duerme. La nieve le tiñe de blanco. Parece un soldado ruso atrincherado y medio moribundo en cualquier lugar de los Urales. Después miro hacia abajo. Veo mis piernas que se asoman a este balcón de más de mil metros. La luz del frontal se pierde en la oscuridad del abismo. Iluminar hacia la nada es absurdo, pero esta luz es lo único que me permite aferrarme a la vida y al calor. Centenares de luciérnagas me rodean. Los copos de nieve, caóticos destellos de luz, caen mansamente ante mi fría y resignada mirada. Su cínico sigilo nos cubre de hielo paulatinamente. Su tormentoso goteo de frialdad, calculado a dosis pequeñas,va consumiendo mi moral y adormeciéndome peligrosamente.

Colgados en la noche

Pienso en lo sorprendidos que deben estar los copos al vernos pasar. Me imagino su viaje. Caer desde tan alto, hacia la oscuridad de una noche de invierno. Luego intuir al fondo y a lo lejos una pequeña luz, la única luz en muchos kilómetros de glaciares sin vida. Acercarse a ella debe de ser surrealista e intrigante. Pero me imagino su incrédulo asombro al descubrir finalmente, al pasar por delante, la cara inexpresiva de un fantasma, y el cuerpo petrificado en la roca de una estatua acorralada por el miedo. Debo de ser como esas caras sin alma de los deportados que, en la ventanilla de un tren que no para, se asoman observando el mundo que pasa y que ya no es el suyo.

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Nuestra situación es patética. A 4.000 metros de altura, en el mes de octubre de un frío otoño. Es de noche y estamos en la cara Norte de las Jorasses, una de las grandes paredes de los Alpes. Nos quedan 200 metros para llegar a la cumbre y estamos bloqueados. No tenemos saco de dormir y el frío nos torturará durante largas horas. El lugar no es nada acogedor: apenas dos pequeñas repisitas incómodas con más de 900 metros de abismo por debajo. Se nos ha hecho de noche antes de lo calculado y los vivacs no previstos suelen ser durísimos. Uno no se da cuenta de lo larga que puede resultar una noche hasta que la pasa en un lugar como éste. Y es que nieva y el frío es insoportable. Y los minutos pasan muy lentamente, diría que ralentizados por una mano diabólica. Pienso que la eternidad debe de ser algo así: el tiempo que pasa sin que realmente avance. Un minuto tras otro, sumados,sin prisas…Intento no mirar el reloj para no desanimarme, porque no tiene sentido mirar las manecillas del reloj si tengo la sensación de que siempre estaré así, de que nada cambiará.

Sigue nevando y el viento a veces arremete contra nosotros en ráfagas caprichosamente malvadas.

¿Cómo saldremos de aquí?

23:00 horas.A 4.000 metros, en una fría noche de otoño que aquí es invierno. Nieva, estaremos a -10º y sin saco. Llevamos unas 20 horas de escalada sin parar y a pesar del cansancio es imposible dormir. Casi no hemos comido ni bebido. Joan se queja. Tiene la cara ensangrentada. Quizá, tras la caída se haya roto el tobillo.

02:00 horas de la mañana. Siguen los minutos goteando lentamente. Y nuestro particular laberinto, nos ha llevado a Joan y a mí a pasar la noche en esta pequeña repisa. Ahora hace 25 horas que salimos del refugio. Entonces dejábamos atrás este pequeño vivac y una noche de insomnio por los nervios inevitables antes de acometer una ascensión como esta.

03:00 horas. Y ante nosotros,se presenta el primer problema: hay que sortear una gran rimaya –grieta de grandes dimensiones que se crea al pie de una pared de hielo por el cambio brusco de inclinación–. Llega el momento de equiparse: ponerse el arnés y el casco, sacar las cuerdas, los piolets y el material de escalada.

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Estos instantes son francamente especiales y van cargados de una gran intensidad, pues son esos minutos previos al principio real de la escalada. Mientras esperas a que el compañero acabe,echas un trago de agua y apagas el frontal para ahorrar baterías.

El ambiente es francamente acongojador. La oscuridad y el frío te envuelven con una opresión que te corta la respiración. Luego está el silencio, tan implacable. Y la cantidad de espacio negro que hay por todos lados, en el valle, por encima, a todas partes donde mires. Y la angustiosa ausencia de vida, casi sepulcral. con el miedo.

04:00 horas. Joan se queja un poco. Balbucea algo que no entiendo. Embozado hasta las orejas con toda la ropa se protege, sentado de lado, de las constantes ráfagas de viento que se anuncian silbando desde lejos. Pienso en el susto que se ha llevado. Todavía al cerrar los ojos puedo ver al ralentí su caída.T odo iba perfecto y nuestra progresión era buena. Habíamos llegado a una hora razonable al largo clave. Sin saberlo nos estábamos equivocando, pues la reseña no era muy exacta, así que en ese punto andábamos por otra ruta más difícil.Le tocó a Joan escalar una tramo de goulotte muy justa de hielo y en algunos tramos más que vertical.El largo era imponente y yo no podia dejar de sentir esa emoción al ver a mi compañero, que quizá por la enorme concentración no era del todo consciente, progresar por ese lugar tan incredible y en el entorno en el que lo hacía.A 20 metros por encima de mí, casi estaba a punto de conseguirlo y superar el tramo más difícil. Hasta que súbitamente, y en medio de un fuerte alarido, Joan empezó a caer, y a seguir cayendo.Arrancó un clavo, después otro, y siguió su fulgurante viaje hacia abajo, envuelto en un alijo de cuerdas y piolets, hasta rebotar con los pies a mi altura,darse la vuelta y proseguir su caída hasta unos metros más abajo.Tras esas larguísimas centésimas de segundo y todavía petrificado en la reunión,me temí lo peor.Joan colgaba bocabajo, y no paraba de gritarle al valle entero y maldecir su suerte. Como momentáneamente enloquecido, no atendía a mis inquietas preguntas y seguía rabiosamente enojado y en lucha consigo mismo. No había para menos. Mientras intentaba infructuosamente reestablecerse, colgando en el abismo y al mismo tiempo tirando descontrolado de las cuerdas para volver a incorporarse, vi su cara parcialmente ensangrentada.

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El silencio y el vacío de esa pared se hicieron todavía más profundos. Al cabo de unos, minutos todo volvió a la calma. Ya con Joan de nuevo en la reunión, ambos nos relajamos un poco. La situación era tensa. Había caído unos 25 metros.Pero el desenlace podría haber sido mucho peor. Tenía heridas en la cara y en los labios, producto de algún golpe con los piolets que arrastró consigo, pero lo más inquietante era el dolor en el tobillo derecho. Dudamos durante cierto tiempo. Podría tener algo roto. ¿Qué hacer?

Siempre hacia arriba

En un principio pensamos en bajarnos, pero pronto nos dimos cuenta de que no teníamos suficiente material para ello. Estábamos demasiado altos. Así que no quedaba otra elección: salir de la pared por la cumbre. Confiábamos que, aunque lento y medio cojeando, Joan podría seguir con la escalada. ¿Con qué velocidad? ¿A tiempo de salir de día de la pared? Eran preguntas que se resolverían más tarde. Así que no había más tiempo que perder.Me encordé y subí disparado hacia arriba.La verdad es que con las prisas no tuve tiempo ni de evaluar que estaba rehaciendo el largo de Joan. Una nueva caída sería fatal. Así que sin pensarlo mucho y con la mayor frialdad posible, por fin superé esos metros que,más que técnicamente difíciles, lo fueron sobre todo de cabeza. Los largos se sucedieron y Joan iba definitivamente lento, pues apenas podía apoyarse con el pie derecho. Para mayor desgracia, y al llegar al tercer nevero, el tiempo empezó a cerrarse. Estaba claro que aquella noche la pasaríamos penosamente en algún lugar de esta sombría y helada pared,solos,en medio de la nada.Debo reconocer que aquella constatación nos sentó muy mal, pero incluso no había tiempo que perder ni para desanimarse: había que escalar lo más rápido posible. Seguir y seguir sin pausa. Pero en aquel punto había que tomar de nuevo un decisión. Las condiciones de la pared eran invernales y había mucha nieve. Y en esa situación,el tercio superior de la pared podía estar realmente difícil. La verdad es que mirar hacia arriba acongojaba a cualquiera. Entre jirones fantasmales de niebla, la pared, de una verticalidad imponente, se convirtió en algo francamente tétrico y desagradable. ¿Por dónde salir, pues?

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Una ruta arriesgada

Había dos posibilidades. O por la ruta original, más fácil pero más emblanquecida, o por la salida japonesa, más vertical y difícil, pero sin tanta nieve. Y la verdad es que esta última no me hacía ninguna gracia. No teníamos la menor idea de qué nos encontraríamos y apenas nadie había pasado por ahí. Demasiadas referencias a los kamikazes y una muy particular vision del alpinismo por parte de los japoneses presagiaban lo peor.Pero al final esa fue nuestra elección.

El tiempo apresuraba, la luz empezaba a escasear. Como el agua, que se nos había acabado ya hace rato.

Recuerdo que, mientras abría penosamente huella a través del tercer nevero para alcanzar la primera chimenea de los japoneses, paraba repetidamente a engullir algo de nieve.Tras dos largos difíciles y sobre todo expuestos, por estas nauseabundas chimeneas, y después de llevar 20 horas seguidas de actividad sin pausa, llegué a un desplome con una chorrera de hielo colgando. Cegado por las prisas y el cansancio, intenté subir lo más rápido, sin calibrar exactamente mis posibilidades. Cuando estaba a punto de acometer el pasaje, dudé unos instantes. Decidí bajar unos metros. Finalmente y tras buscar un buen rato, logré protegerme con un fisurero algo dudoso por la mala calidad de la roca.

La primera caída

Sin pensarlo dos veces, volví a subir y clavé uno de los piolets justo por encima del desplome. Los pies me colgaban inútilmente mientras rascaba penosamente la pared lisa con los crampones. ¡Por Dios, que no me caiga! Y es que ese no era el momento de caer, poco antes de oscurecer y en ese lugar tan inoportuno.No. Si alguna vez tenía que caer, aquel no podía ser el momento.Y pasó lo que me ha ocurrido hasta ahora sólo una vez en mi vida. Caí.

05:00 horas. Todavía me quedan dos horas más de sufrimiento. Miro a Joan, que también aguanta lo que puede. Siento algo de pena,quizás de piedad,pero también de admiración y,en el fondo,de profunda estima. ¡Qué lazos de unión tan extraordinarios se crean cuando uno soporta hombro con hombro una aventura así, y una noche así! Uno no pasa las horas bajo las estrellas y bajo los copos de nieve, en plena cara Norte de las Jorasses con cualquiera. Ese cuerpo, que pudiera ser casual, como lo pudo ser su llamada telefónica, pasa a ser alguien en tu vida.

Caí, y el fisurero aguantó la caída. Sólo fue un susto de dos metros.Al incorporarme me di cuenta de que oscurecía. Joan, desde abajo, me convenció para que bajara. Donde él estaba podríamos pasar la noche.

Mientras me descendía lentamente, veía cada vez más lejano pero también más amplio el muro que me había barrado el paso,y que podría haber resultado definitivamente fatal. Algo de derrota sentí, y también de desesperanza y resignación. Estaba cansado, y la boca seca casi no me dejaba hablar. Sentía rabia: ambos habíamos luchado desesperadamente y no merecíamos pasar la noche en ese lugar tan terrible.

Al llegar a la altura de Joan me di cuenta de la precariedad del vivac : dos exiguas repisas,muy incómodas y colgadas al vacío. Que es el lugar en el que exactamente me encuentro desde hace unas nueve horas. De vez en cuando me pongo de pie, medio colgado de la cuerda,para relajar el trasero.Ni siquiera me he quitado los crampones. Para qué.

Un espacio mágico

06:00 horas. Empiezo a impacientarme, pues la luz todavía no se apiada de nosotros. Pienso que Chamonix nos recibió,a principios de octubre,inusitadamente tranquila. Lejos de la vorágine veraniega o del fervor navideño del esquí, la capital europea del alpinismo parecía vivir al margen de las glaciares que solemnemente llaman a las puertas de sus alrededores y de las agujas pétreas que montan guardia como centinelas en lo alto. Pienso que durante muchos años, los Alpes y más concretamente el macizo del Mont Blanc, el techo de Europa, ha sido un lugar mágico para todos nosotros. La excitación que siempre sentimos a pocos kilómetros de llegar, después de largas horas en carretera, y justo en el lugar en el que el Mont Blanc asoma en lo alto entre el majestuoso verde de los valles de la Alta Savoia, es la síntesis de todos los sentimientos que afloran en un joven que desea escalar y formar parte de todo esto. Sólo evocando ahora todos los recuerdos y todas las situaciones vividas, puedo intentar dar una idea de lo especiales y cercanas que pueden llegar a ser unas simples montañas. En todas ellas tenemos grabadas partes muy vitales de nuestras vidas.Así, como sucedió ayer y sigue hasta ahora,vamos dejando el rastro de nuestras almas tras nuestro paso, al igual que un artista al pasar el pincel por encima del lienzo o un escritor con su pluma a través de una hoja en blanco.

Me veo sentado en esa repisa y sonrío a la vida y al pasado. Hay recuerdos que no se borran jamás. Aunque ahora y aquí,todo me parezca absurdo y un engaño. Quizá demasiado sufrimiento.Esta pared me tiene atenazado entre sus garras. Recordaré siempre estos metros de roca que veo y maldigo, pero que han sido mi tercer compañero de noche. Mañana me levantaré, y en medio de la ventisca, de este caos de hielo y frío, volveré a rehacer el largo, superaré el desplome que ayer casi cambia mi destino y seguiré escalando tres largos más, hasta la cumbre. Entonces, envuelto entre la niebla, rechazado y humillado violentamente por el viento y la furia del mal tiempo, encontraré por fin la puerta final de este laberinto. Lapuerta que me llevará a otras cumbres.

 

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